Monday, August 1, 2011

INEFABLES POR EL MUNDO: Cristóbal de Aldecoa nos relata su participación en la "2011 Greenwich Point One Mile Swim"

Aguas Abiertas en Greenwich, Connecticut

Estimados Inefables,

Quería contarles que participé en un par de eventos muy divertidos aquí en USA. Pero antes de entrar a ese relato, les cuento cómo ha sido mi aterrizaje “natatorio” por estas tierras.

Rápidamente pude encontrar un equipo de Masters cerca de mi casa, en Greenwich, Connecticut. Los Greenwich Dolphins son un grupo bastante grande (alrededor de veintipico nadadores por sesión), muy experimentados, aparentemente todos con historiales prolongados en la actividad. Entrenan muy fuerte, cada sesión de alrededor de 3.400 yardas, a buen ritmo. El horario, devastador… 5.45 am!

Yo venía bastante fuera de forma, los preparativos de la mudanza, la mudanza en sí, instalarnos aquí, trabajo nuevo, todo conspiró contra mi entrenamiento. Y la realidad es que aun no he logrado adaptarme del todo al horario inhumano. Ahora tengo un mes de receso (verano) que trataré de usar para hacer algo de pretemporada (de la mano de Diego), a ver si logro al menos hacer un papel algo más digno en los entrenamientos; estos señores (y señoras, por cierto) entrenan todos los días, son unas topadoras!

Pese a la falta de estado, me anoté y participé en un par de competencias de aguas abiertas muy tradicionales aquí.

La primera fue el Greenwich Point One Mile Swim, el 9 de julio pasado. Se corrió en la playa de Greenwich Point, cerca de mi casa, en las aguas del Long Island Sound, que es el estrecho que separa el continente (estados de NY y Connecticut) de Long Island. Recorrido paralelo a la playa, tempranito a la mañana (largada 7.30 am, puntual), lindo día, caluroso y sin viento. Con la participación de 170 nadadores, largada en tres tandas por edades. Allá fui, con la inevitable remera de Inefables, y me tiré. Siguiendo mi perezosa costumbre, largo y cómodo, con énfasis en llegar sano y salvo…

Un paréntesis para un comentario. En Buenos Aires, o en Uruguay, siempre que participé en competencias lo hice con muchos (habitualmente) o al menos un Inefable (Michael O’F. en Montevideo). Aquí todavía no he entablado relaciones con otros nadadores, de manera tal que en esencia me anoto, llego, corro y me voy solo… es una sensación rara! Pero ya estoy en vías de corregirlo y ya estoy en contacto con algunos de los integrantes del equipo para futuros eventos. De todas maneras, se extraña la compañía del coach y de los muchachos.

Volviendo a la carrera de una milla, esa es una distancia que, aun flojo de entrenamiento, se puede nadar con alguna comodidad (si uno acepta ir lento, desde luego). Terminé la carrera en 27 min 12 seg., tiempo apenas digno que me dejó en los alrededores de mitad de tabla (o un poquito más abajo!). Pero muy agradable y divertido, hasta me quedó el gustito de haber podido ir algo más rápido.

Al tiempo, llegó la convocatoria para el “Island Beach Two Mile Swim”. Esta competencia se corre largando desde una isla, a 20 minutos de la ciudad. Aparentemente se la considera más seria pues para participar hay que ser socio de U.S. Masters Swimming (la asociación que agrupa a los nadadores Masters aquí). Pues bien, me hice socio y allá partí, 7.30 am en el barco (como ven, por estas tierras son bastante tempraneros).

El recorrido empezaba en la isla, se extendía por el Sound hasta lo que a mí me pareció el infinito, ida y vuelta. Durante la charla previa a los 91 nadadores presentes, se anunció que la pierna de ida sería con viento, olas y corriente en contra, pero que al regreso nos sentiríamos como “the bionic man” (pronóstico que, al menos en mi caso, no se cumplió).

Me permito otro breve paréntesis. Durante una de las sesiones de entrenamiento de madrugada, pregunté a uno de los nadadores si participaría en la carrera. Me dijo que no, pues tiene un amigo pescador que habitualmente se aventura en esas aguas y que hace un tiempo había visto un bull shark de ocho pies. Esto arrojaría que el animalito en cuestión mediría algo más de un par de metros. Aun concediendo que el pescador, como buen integrante de su raza, seguramente había exagerado notablemente el tamaño del pez, la cosa no me tranquilizó demasiado.

Confieso haber iniciado alguna búsqueda por Internet; si bien me tranquilizó saber que no había habido incidentes en esta zona, encontré que en New Jersey y en Massachussets (al sur y al norte de Connecticut) existían antecedentes, prolijamente detallados, de ataques a desprevenidos bañistas. Y esa noche, al encender la TV, me topé con un simpático programa, en el marco del “Shark Week” en el cual unos gigantescos tiburones despedazaban con deleite a unos indefensos lobos marinos o bichos similares.

Todo, muy alentador…

Finalmente, hice de tripas corazón; en definitiva, un Inefable no es tal si no se tira al agua. Musitando “audentes fortuna iuvat”, me saqué la remera de Inefables, me sumergí y arranqué con el grupo.

Obviamente mi GPS había decidido tomarse el día, y en varias oportunidades me encontré bastante alejado del recorrido planeado; mi trayectoria podría describirse como un zig-zag errático. Para colmo, molestas olas de frente y abundancia de “jelly fish”, inofensivos pero desagradables al tacto. De todas maneras, y entre agradables pensamientos sobre las diversas bestias marinas que me estarían observando bajo las aguas, seguí adelante.

Al rato, casi completando la primera mitad, y nuevamente bastante alejado de las boyas del recorrido, advertí un nadador detenido, flotando y mirando a su alrededor. Un Inefable ansía llegar a la meta pero también tiene alma de buen samaritano, por más fatigado que esté, así que detuve mi marcha a ver qué le pasaba. El nadador en cuestión, joven y en aparente muy buen estado físico, manifestó tener un calambre. Cortésmente le sugerí que agitara su gorra en dirección al guardavidas más cercano, procedimiento que se nos había indicado para estas situaciones… Pero el señor tenía su orgullo, y no aceptó tal procedimiento. Me quedé un rato con él, tratando de convencerlo, pero dijo que intentaría completar aunque sea la primer mitad. Me quedé un tiempito más, le ofrecí acompañarlo o pedir ayuda, pero me dijo que estaría bien. Como había un guardavidas a la vista, retomé la marcha (finalmente abandonó).

El regreso fue muy arduo. La anunciada corriente a favor brilló por su ausencia, y el sol en contra dificultó encontrar las boyas de regreso. Sumado a la falta de estado físico, las distracciones de los nadadores acalambrados, los hipotéticos escualos acechando, las molestas aguas vivas, reconozco que me costó recordar el encanto de las aguas abiertas…

Finalmente, con la gracia y elegancia de una ballena arponeada, llegué a la meta. El tiempo, bastante deprimente, 74 minutos y monedas… Pero bueno, como dice Diego, al menos tengo una referencia a superar para el año que viene (sí, pese a mis quejas allí pienso estar).

En fin, dos eventos muy divertidos. Veremos qué sigue, los mantendré al tanto.

Abrazo grande.


Cristóbal de Aldecoa

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